11 agosto, 2008
La nuerte del pequeño Príncipe

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín va a morir... En todas las iglesias del reino, el Santo Sacramento permanece expuesto noche y día y los grandes cirios arden para la curación del niño real. Las calles de la vieja residencia están tristes y silenciosas, las campanas no suenan más, los coches van al paso... A los accesos del palacio, los burgueses curiosos miran, a través de las verjas.
Todo el castillo está en conmoción... Chambelanes, mayordomos, suben y descienden corriendo las escaleras de mármol... Las galerías están plenas de pajes y de cortesanos vestidos de seda, van de un grupo al otro buscar noticias en voz baja... Sobre las escalinatas anchas, las damas de honor afligidas se hacen grandes reverencias secando sus ojos con hermosos pañuelos bordados.
En el Invernadero, hay numerosas asambleas de médicos. Se ven, a través de los cristales, agitar sus mangas largas y negras e inclinar doctoralmente sus pelucas... El gobernador y el asistente del pequeño Delfín se pasean delante de la puerta, esperando las decisiones de la Facultad. Marmitones pasan al lado de ellos sin saludarles. El asistente jura como un pagano, el gobernador recita versos de Horacio... Y durante este tiempo, allá, del lado de las cuadras, oímos un relincho largo y lastimero. Es el alazán del pequeño Delfín de quien el palefrenero ha olvidado y que espera tristemente delante de su comedero vacío.
¿ Y el rey? ¿ Dónde está monseñor el rey?... El rey se encerró a solas en una habitación, al extremo del castillo... A las Majestades no les gusta que se las vea llorar... Para la reina, es otra cosa... Sentada a la cabecera del pequeño Delfín, tiene su bello rostro bañado por lágrimas, y solloza muy alto delante de todos.
En su litera de encajes, el pequeño Delfín reposa, con los ojos cerrados, más blanco que los cojines que lo entornan. Creemos que duerme; ¡ pero no! El pequeño Delfín no duerme... Se vuelve hacia su madre, y, viendo que llora, le dice:
_" ¿ Señora reina, por qué llora? ¿ Acaso considera realmente que yo me voy a morir? "
La reina intenta responder. Los sollozos le impiden hablar.
_" Pues no llore, señora reina; usted olvida que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así... "
La reina solloza todavía más, y el pequeño Delfín comienza a asustarse:
" ¡ _No, no quiero que la muerte venga buscarme, y sabré impedirle llegar hasta aquí... ¡ Qué se haga venir sin demora cuarenta lanceros muy fuerte para hacer guardia alrededor de nuestra cama!... ¡ Qué cien gruesos cañones velen noche y día, con la mecha encendida, bajo nuestras ventanas! ¡ Y pobre de la muerte, si se atreve a acercársenos!... "
Para complacer al niño real, la reina hace un signo.
Sin demora, se oyen los gruesos cañones que ruedan en el patio; y cuarenta grandes lanceros, sable al puño, vienen para colocarse alrededor de la habitación. Esto son viejos soldados de bigotes grises. El pequeño Delfín aplaude viéndolos. Reconoce a uno y lo llama:
_" ¡ Lorenés! ¡ Lorenés! "
El soldado da un paso hacia la cama:
_"Te quiero mucho, mi viejo Lorenés haz ver un poco tu gran sable... ¿ Si la muerte quiere tomarme, habrá que matarle ¿no?? "
Lorenés responde:
_"Sí, monseñor... "
Y dos gruesas lágrimas fluyen sobre sus mejillas curtidas.
En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla largo tiempo en voz baja mostrándole un Crucifijo. El pequeño Delfín lo escucha de un aire muy asombrado, luego de repente lo interrumpe:
_"Comprendo bien lo que usted me dice, señor abad; ¿ pero por fin acaso mi amigo Beppo no podría morir en mi sitio, consagrándosele mucho dinero?... "
El capellán continúa hablándole en voz baja, y el pequeño Delfín lo mira con aire cada vez más asombrado.
Cuando el capellán acabó, el pequeño Delfín prosigue con un grueso suspiro:
_" Todo lo que usted me dice aquí es muy triste, señor abad, pero una cosa me consuela, es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, todavía voy a ser el Delfín... Sé que el buen Dios es mi primo y no puede dejar de tratarme según mi rango. "
Luego añade, volviéndose hacia su madre:
" ¡ Qué me traigan mis vestidos más bellos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme valer para los ángeles y entrar en el paraíso en traje de Delfín. "
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla largamente en voz baja... En medio de su discurso, el niño real lo interrumpe con cólera:
_"¡Pero entonces, de qué me vale ser Delfín, eso no es nada?! "
Y, sin querer oír algo más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la muralla, y llora amargamente.
Alphonse Daude LETTRES DE MON MOULIN
Todo el castillo está en conmoción... Chambelanes, mayordomos, suben y descienden corriendo las escaleras de mármol... Las galerías están plenas de pajes y de cortesanos vestidos de seda, van de un grupo al otro buscar noticias en voz baja... Sobre las escalinatas anchas, las damas de honor afligidas se hacen grandes reverencias secando sus ojos con hermosos pañuelos bordados.
En el Invernadero, hay numerosas asambleas de médicos. Se ven, a través de los cristales, agitar sus mangas largas y negras e inclinar doctoralmente sus pelucas... El gobernador y el asistente del pequeño Delfín se pasean delante de la puerta, esperando las decisiones de la Facultad. Marmitones pasan al lado de ellos sin saludarles. El asistente jura como un pagano, el gobernador recita versos de Horacio... Y durante este tiempo, allá, del lado de las cuadras, oímos un relincho largo y lastimero. Es el alazán del pequeño Delfín de quien el palefrenero ha olvidado y que espera tristemente delante de su comedero vacío.
¿ Y el rey? ¿ Dónde está monseñor el rey?... El rey se encerró a solas en una habitación, al extremo del castillo... A las Majestades no les gusta que se las vea llorar... Para la reina, es otra cosa... Sentada a la cabecera del pequeño Delfín, tiene su bello rostro bañado por lágrimas, y solloza muy alto delante de todos.
En su litera de encajes, el pequeño Delfín reposa, con los ojos cerrados, más blanco que los cojines que lo entornan. Creemos que duerme; ¡ pero no! El pequeño Delfín no duerme... Se vuelve hacia su madre, y, viendo que llora, le dice:
_" ¿ Señora reina, por qué llora? ¿ Acaso considera realmente que yo me voy a morir? "
La reina intenta responder. Los sollozos le impiden hablar.
_" Pues no llore, señora reina; usted olvida que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morir así... "
La reina solloza todavía más, y el pequeño Delfín comienza a asustarse:
" ¡ _No, no quiero que la muerte venga buscarme, y sabré impedirle llegar hasta aquí... ¡ Qué se haga venir sin demora cuarenta lanceros muy fuerte para hacer guardia alrededor de nuestra cama!... ¡ Qué cien gruesos cañones velen noche y día, con la mecha encendida, bajo nuestras ventanas! ¡ Y pobre de la muerte, si se atreve a acercársenos!... "
Para complacer al niño real, la reina hace un signo.
Sin demora, se oyen los gruesos cañones que ruedan en el patio; y cuarenta grandes lanceros, sable al puño, vienen para colocarse alrededor de la habitación. Esto son viejos soldados de bigotes grises. El pequeño Delfín aplaude viéndolos. Reconoce a uno y lo llama:
_" ¡ Lorenés! ¡ Lorenés! "
El soldado da un paso hacia la cama:
_"Te quiero mucho, mi viejo Lorenés haz ver un poco tu gran sable... ¿ Si la muerte quiere tomarme, habrá que matarle ¿no?? "
Lorenés responde:
_"Sí, monseñor... "
Y dos gruesas lágrimas fluyen sobre sus mejillas curtidas.
En ese momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla largo tiempo en voz baja mostrándole un Crucifijo. El pequeño Delfín lo escucha de un aire muy asombrado, luego de repente lo interrumpe:
_"Comprendo bien lo que usted me dice, señor abad; ¿ pero por fin acaso mi amigo Beppo no podría morir en mi sitio, consagrándosele mucho dinero?... "
El capellán continúa hablándole en voz baja, y el pequeño Delfín lo mira con aire cada vez más asombrado.
Cuando el capellán acabó, el pequeño Delfín prosigue con un grueso suspiro:
_" Todo lo que usted me dice aquí es muy triste, señor abad, pero una cosa me consuela, es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, todavía voy a ser el Delfín... Sé que el buen Dios es mi primo y no puede dejar de tratarme según mi rango. "
Luego añade, volviéndose hacia su madre:
" ¡ Qué me traigan mis vestidos más bellos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme valer para los ángeles y entrar en el paraíso en traje de Delfín. "
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla largamente en voz baja... En medio de su discurso, el niño real lo interrumpe con cólera:
_"¡Pero entonces, de qué me vale ser Delfín, eso no es nada?! "
Y, sin querer oír algo más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la muralla, y llora amargamente.
Alphonse Daude LETTRES DE MON MOULIN


